Perdonadnos, refugiados

11. mayo 2016 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

El pequeño Osmán, un niño afgano de 7 años que padece parálisis cerebral, llegó ayer a España con su familia después de permanecer varias semanas en el campo de refugiados Idomeni. Osmán y su familia ya estaban en territorio comunitario, puesto que Idomeni está en Grecia, pero al parecer, la Grecia gobernada por el traidor Tsipras y sus amigos ultranacionalistas de “Griegos Independientes”, no tenía un lugar para este refugiado y su familia.

Desde la ONG Bomberos en Acción, una de las más activas para que Osmán tuviera un futuro en España, aseguran que en Idomeni, en Lesbos y en otros muchos campos de refugiados, quedan muchos “osmanes”.

Frente a la catástrofe personal que sufren quienes deben huir de la guerra dejando atrás sus casas, sus trabajos, sus escuelas y a sus seres queridos, algunos iluminados neofascistas responden en la Unión Europea denunciando el “peligro” de la “islamización de Europa”, sin tener en cuenta que el verdadero peligro para el Viejo Continente viene de la mano de sus ideas retrógradas, prepotentes, supremacistas y etnocéntricas.

Incluso algún animal ha llegado a comentar en las redes sociales la llegada de Osmán a nuestro país diciendo que “personalmente me parece perfecto, pero no olvido a los que siendo españoles no reciben ninguna ayuda”. Quizá este energúmeno conozca el caso de algún niño español enfermo de parálisis cerebral que esté viviendo en la calle con su familia, mientras el olor a orina, heces y gases lacrimógenos invade la atmósfera que le rodea.

También ayer, la ONG Save The Children hacía público un vídeo en el que trata de concienciar sobre las penalidades que sufre una niña refugiada de 11 años en su periplo por la Europa “solidaria”.

Así las cosas, los pueblos de Europa deberíamos pedir perdón a los refugiados por las alambradas que les colocan nuestros gobernantes; por los pactos inhumanos que suscriben con terceros países usando a los refugiados como moneda de cambio; por negarles los derechos humanos que tienen reconocidos sólo por el hecho de ser personas; y sobre todo, por creernos superiores a ellos.

Algunos analistas comienzan a advertir sobre la ola de odio que la Unión Europea está empezando a generar en cientos de miles de refugiados que acuden a una de las regiones ricas del planeta pidiendo solidaridad, y que en cambio, sólo reciben desprecio, represión y muerte. Quizá así seamos capaces de explicarles que Bruselas no nos representa, y que la verdadera faz de los pueblos de Europa es la de los miles de voluntarios que trabajan en las zonas calientes de la migración prestando ayuda a los refugiados.

 

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