Pero, ¿qué es democracia?

1. diciembre 2016 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

No son pocas las voces que, con motivo del fallecimiento de Fidel Castro, han reprochado a Cuba la falta de democracia. Ciertamente, en un modelo político de partido único resulta imposible elegir a gestores institucionales encuadrados en otras formaciones políticas.

Sin embargo, la definición que el Diccionario de la RAE atribuye al término “democracia” es la siguiente: “1. f. Forma de gobierno en la que el poder político es ejercido por los ciudadanos”. En el caso de las democracias representativas del llamado “primer mundo”, esta definición nos lleva a distinguir entre dos elementos: por un lado, el pueblo soberano elige en las urnas a unos representantes que, por otro lado, están obligados a desarrollar las políticas encomendadas por el propio pueblo.

Sin embargo, no suele ser así.

En las elecciones generales griegas de enero de 2015, y en el posterior referéndum de julio de ese mismo año, el pueblo rechazó de forma clara y contundente las políticas neoliberales impuestas por la Unión Europea, y eligió democráticamente a un gobierno para que construyera una alternativa a las mismas. Sin embargo, la insoportable presión de los poderes fácticos internacionales, aplastó la decisión democrática del pueblo griego, mientras el resto de los gobiernos “democráticos” europeos aplaudían ese golpe de Estado encubierto.

Este mismo año, el pueblo británico ha aprobado en referéndum la salida de su país de la Unión Europea, pero casi seis meses después de la consulta, los mecanismos del llamado brexit todavía no se han activado.

Quizá ocurra en el Reino Unido lo mismo que pasó hace unos años en la vecina Irlanda. El 12 de junio de 2008, el pueblo rechazaba en referéndum el Tratado de Lisboa (una especie de Carta Constitucional de la Unión Europea), por un 46,6% de síes, y un 53,4% de noes. 16 meses después, y tras una obscena campaña de intoxicación masiva, se repetía el referéndum, esta vez con un resultado favorable para el SÍ, por un 67,1% frente al 32,8% de los votos.

Sin embargo, el pueblo colombiano no va a poder opinar por segunda vez sobre el nuevo Acuerdo de Paz suscrito por su Gobierno y las FARC, después de haber rechazado en referéndum la primera versión del mismo.

Lo mismo ocurrió en España en verano de 2011, cuando PSOE y PP acordaron una trascendental reforma del artículo 135 de la Constitución, sin dar al pueblo soberano la oportunidad de ratificarla o rechazarla, como había hecho en 1978 con el conjunto del articulado.

En cualquier caso, uno de los países que más presume de democracia es Estados Unidos, aunque allí los gobernantes obedezcan menos al pueblo que a los lobbys empresariales que financiaron sus campaña, y a pesar de que su sistema electoral sea tan antidemocrático y vetusto que permita ganar la carrera bipartidista hacia la Presidencia al candidato o candidata con menos votos. Ocurrió con Bush jr. frente a Gore en el año 2000, y ha vuelto a ocurrir en 2016 con Donald Trump y Hillary Clinton, que el pasado 8 de noviembre obtuvo dos millones de votos más que su oponente republicano.

Buceando un poco más por la historia, tenemos algunos ejemplos de lo que Occidente suele entender por “democracia”.

A finales de 1991, los islamistas argelinos ganaron en las urnas la primera vuelta de las elecciones generales, pero la segunda ya no se celebró. El gobierno de Argel la anuló, dando lugar a una guerra civil de baja intensidad que se extendió hasta 2002.

Algo parecido a lo que ha ocurrido más recientemente en Egipto, tras la elección en junio de 2012 del islamista Mohamed Mursi como primer presidente del país elegido en las urnas en más de 5.000 años. Un golpe de Estado perpetrado en julio de 2013 por el general Al-Sisi, lo apartaba del poder y lo encarcelaba sine die.

Pero hay más ejemplos de tradiciones democráticas occidentales. El 1 de enero de 1993 se consumaba la división de Checoslovaquia en dos Estados independientes. Las nuevas autoridades “democráticas” que surgieron tras la caída del Muro de Berlín, se negaron a convocar un referéndum sobre la cuestión, posiblemente, sabedoras de que todos los sondeos de opinión realizados durante el año previo a la secesión eran ampliamente contrarios a la división del país.

Donde sí se celebró referéndum fue en la Unión Soviética de Mijail Gorbachov. Ante las tensiones separatistas aplaudidas por Europa Occidental, el Kremlin convocó un referéndum el 17 de marzo de 1991, con la presencia de observadores internacionales, por aquello de la glasnost.

A la pregunta “¿Usted considera necesaria la preservación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas como una federación renovada de repúblicas soberanas iguales en las que serán garantizados plenamente los derechos y la libertad de un individuo de cualquier nacionalidad?”, el 77,8% de los votantes (113,8 millones de personas) votó “SÍ”, frente al 22,2% se inclinaba por el “NO” (32,3 millones). Nueve meses después, la URSS quedaba disuelta gracias a que tres tuercebotas llamados Boris Yeltsin (presidente de la RSFS de Rusia), Leonid Kravchuk (presidente de la RSS de Ucrania) y Stanislav Shushkiévich (presidente de la RSS de Bielorrusia) acordaron firmar el Tratado de Belavezha, en virtud de no se sabe qué criterios democráticos.

Con estos precedentes, queda poco margen para argumentar que en Cuba hay menos democracia que en otros Estados que presumen de regirse por esta forma de gobierno. Al menos, siempre que se entienda que la democracia va más allá de elegir en las urnas a unos gobernantes, para que luego éstos se pasen cuatro años salvaguardando los intereses de los grandes poderes económicos internacionales, y no los del pueblo que les ha elegido.

 

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