Podemos y su techo de cristal

10. agosto 2015 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Durante la noche electoral de las Europeas, el entonces portavoz del movimiento social Podemos, Pablo Iglesias, lanzó un mensaje muy potente a la ciudadanía, después de que su candidatura obtuviera 1.245.000 votos y 5 escaños en su primera concurrencia ante las urnas: no estaban satisfechos porque su objetivo era ganar las elecciones, y no lo habían conseguido.

Aquello quería decir que había nacido una nueva alternativa política para arrebatar el poder a los dos grandes partidos del turno. Buena parte del electorado abstencionista de izquierdas tomó el mensaje naïf de Podemos como si se tratara de un antibiótico de amplio espectro, idóneo para acabar con la corrupción, el paro, la precariedad, la pobreza, la desigualdad social, y todos los demás síntomas del neoliberalismo.

Unos meses después, Podemos se convirtió en partido político, y Pablo Iglesias en su secretario general, y más tarde llegaron la autocomplacencia y la arrogancia. El partido Podemos valoró positivamente las medallas de bronce obtenidas en las elecciones autonómicas andaluzas, aragonesas, asturianas, baleares, castellano-manchegas, castellano-leonesas, extremeñas, riojanas, madrileñas y murcianas, así como los cuartos puestos logrados en Canarias, Cantabria y Navarra, y el quinto de la Comunidad Valenciana.

Podemos no había ganado las elecciones en ninguna comunidad autónoma, y sólo consiguió superar al PSOE y al PP en Navarra, donde los socialistas fueron quintos y los populares, sextos; pero el déficit de sorpasso, se compensaba con un grosero exceso de autosuficiencia por parte del líder.

La última cifra electoral emana de las profecías autocumplidas del CIS, que vaticinan una caída de casi siete puntos en la estimación de voto de Podemos, pasando del 22,5 de octubre de 2014, al 15,7 de julio de 2015.

Sin embargo, el Podemos de Pablo Iglesias (que seguramente es distinto a los Podemos de muchos de sus honestos militantes de base) todavía cree ser capaz de detener en solitario el avance del neoliberalismo en España, a pesar de que los datos electorales indiquen lo contrario. Y es que sólo las candidaturas de unidad popular han sido capaces de romper la inercia del bipartidismo en las elecciones municipales del pasado 24 de mayo.

La cerrazón ante esta realidad, el baño de posibilismo que los cargos públicos de Podemos han debido darse en el Palomares postelectoral del 24-M, la confirmación de que Iglesias se hubiera rendido ante la Troika del mismo modo que Tsipras se ha rendido en Grecia, y el aferramiento a las siglas propias, son elementos que explican el descenso en las expectativas electorales de un partido que parece haber encontrado su techo de cristal. Mientras tanto, la confluencia espera.

 

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