Política y políticos

4. enero 2013 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Una de las razones (quizá la principal) que llevan a la ciudadanía a percibir la política como el tercer problema del país, es sin duda la baja calidad ética de muchas de las personas que forman parte de su primera línea. Dejando bien sentado que la representación política es inherente a la democracia, y que es mucho mejor ser gobernados por personas dedicadas a la política que por militares, por empresarios o por banqueros, resulta decepcionante que una pandilla de desvergonzados se atrevan a decir “B” donde antes decían “A”, con la misma soltura con la que degustan una merluza con cocochas en salsa verde.

Uno de los últimos ejemplos tiene como protagonista al diputado nacional y vicesecretario general de Estudios y Programas del PP, Esteban González Pons, que hace casi dos años calificó como “soviética” la medida de rebajar temporalmente a 110 km/h la velocidad máxima en autovías y autopistas establecida por el gobierno de Rodríguez Zapatero para reducir el gasto energético en tiempos de crisis, mientras ahora guardar un silencio sepulcral ante el anuncio de su correligionario y ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz, de que se va a reducir de forma permanente el límite de velocidad en carreteras convencionales, con el fin de rebajar la siniestralidad.

¿Es una medida “soviética” la apuntada por Fernández Díaz, o por el contrario era una medida “razonable” la impulsada hace dos años por Alfredo Pérez Rubalcaba cuando era ministro de Interior? González Pons no lo ha aclarado todavía, ni tampoco tendrá demasiada credibilidad el argumento que ofrezca en el caso de que lo aclare puesto que, como dijo el dramaturgo francés Albert Guinon, “la cobardía tiene sobre el valor una gran ventaja: la de encontrar siempre una excusa”.

El propio Rubalcaba es otro ejemplo de político indigno, si tenemos en cuenta que ahora critica al PP por practicar la misma filosofía económica neoliberal que el gobierno del que formaba parte practicó entre el 12 de mayo de 2010 y el 22 de diciembre de 2011. Oír al actual secretario general del PSOE reprochando al PP la raquítica subida de las pensiones (cuando su antecesor las congeló por mandato del dios Mercado), o reclamando la prórroga de la prestación de 400 euros para desempleados de larga duración (cuando el Ejecutivo de ZP la suprimió tras reunirse con los 37 principales empresarios del país) no solo genera vergüenza ajena, sino que también explica el adagio de que “todos los políticos son iguales”.

Cierto es que las estructuras partidarias de nuestro país (y posiblemente de muchos otros) están pensadas para que sólo los menos escrupulosos alcancen las máximas responsabilidades gubernamentales; cierto es que el poder económico ha urdido una telaraña sobre el poder político que trata de maniatar a cualquiera que ejerza responsabilidades de gobierno; pero con todo y con eso, la ciudadanía debe purificar a la clase política que la representa con la misma eficacia que una depuradora evita la presencia de suciedad en el agua de una piscina colectiva.

Hay que apartar de la vida política no sólo a los corruptos, sino también a quienes desprecian la inteligencia de la ciudadanía a la que representan diciendo hoy lo contrario de lo que decían ayer ¿Por qué la ciudadanía tolera a sus gobernantes lo que no tolerarían a sus agentes de seguros, vendedores de electrodomésticos o técnicos de mantenimiento?

 

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