Que la corrupción no nos impida ver los recortes

19. febrero 2013 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

El debate político de las últimas semanas en España ha girado en torno al tema de la corrupción. Tesoreros con peineta, duques empalmados y espionajes de restaurante han conseguido ocultar un contexto de recortes presupuestarios y de políticas antisociales que es infinitamente más preocupante que la corrupción, tanto desde el punto de vista cuantitativo como desde el cualitativo.

Como si se tratara de un reality show perfectamente orquestado por los grandes poderes económico–mediáticos del país, los Bárcenas, Urdangarines, Ratzingers y Pujoles se convertían en el centro de los informativos y de las tertulias mientras se privatiza hospitales, se despide a maestros, se desahucia a familias, se impide el acceso a las prestaciones de la Ley de Dependencia, o se fomenta una política de competitividad empresarial basada en la reducción de plantillas y de salarios.

El resultado ha llegado en forma de la noticia, casi desapercibida, de que la deuda pública española creció en 146.000 millones durante el primer año de mandato de Mariano Rajoy, el mayor incremento de la historia económica de nuestro país.

Como advirtieron y advierten no pocos economistas con cerebro (es decir, de esos a los que les está vetado el acceso a los círculos de decisión por no ser fieles devotos del nuevo modelo mercadocrático), a más recortes, más deuda pública. La razón es simple: conforme avanzan las políticas de ultraausteridad, nuestro país ve disminuidas sus posibilidades de generar la riqueza que necesita para hacer frente a su deuda pública y para garantizar un nivel de vida digno a sus habitantes. El orden de prioridades quedó establecido a finales de 2011 con aquel vergonzoso pacto entre PSOE y PP para reformar, de espaldas al pueblo español, el artículo 135 de la Constitución.

El problema es que ya no basta con recortar incluso lo irrecortable. La deuda crece mucho más que la solvencia de España. El fenómeno no es nuevo, ya que antes ha sucedido en todos los países empobrecidos, donde la deuda pública era el único medio al alcance de sus gobernantes para manejar liquidez económica (liquidez que normalmente se dedicaba después a gastos militares y a lujos institucionales), mientras el peso de la deuda iba ahogando cada vez más la economía del país y la calidad de vida de sus gentes.

Así pues, solo caben dos posibilidades: o bien nadie en Moncloa tiene la menor idea sobre economía, o bien los que ahora nos gobiernan pretenden destruir por completo la estructura socioeconómica del Estado para reconstruirla desde los cimientos de la privatización, la desregulación y la desigualdad social.

 

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