Ruiz–Gallardón y el noble arte de la dimisión

8. noviembre 2013 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

En este momento, ya casi nadie puede dudar de que Alberto Ruiz–Gallardón sea el peor ministro que ha pasado por la breve historia democrática de España. Hace casi un año, explicábamos en este mismo espacio las razones por las cuales Ruiz–Gallardón debería haber abandonado el cargo después de cosechar el rechazo unánime de los profesionales de la Justicia a propósito de las nuevas tasas judiciales, y de desprestigiar el Estado de Derecho indultando a cuatro mossos d’esquadra condenados previamente por secuestrar y torturar a un ciudadano rumano.

Sin embargo, Ruiz–Gallardón no dimitió ni tampoco recibió carta alguna de cese. Por ello, el ex alcalde de Madrid siguió al frente del Ministerio de Justicia, con dos nuevas actuaciones estelares. La primera, una contrarreforma de la ley del aborto que nos aparta de los países de nuestro entorno para retrotraernos a la España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María, que tan bien retrató Antonio Machado.

La segunda, otro polémico indulto, esta vez a favor de un conductor kamikaze condenado por homicidio, y en contra del criterio de la Audiencia Provincial, de la Fiscalía del Estado y de la familia de la víctima. Se da la circunstancia de que la defensa del reo recae en el bufete en el que trabajan como abogados el hijo del ministro, y el hermano del destacado miembro del PP, Ignacio Astarloa (letrado encargado personalmente de defender al kamikaze).

Seguramente, en cualquier país civilizado la situación descrita en las dos frases anteriores, unida a la alarma social que generó el indulto, hubieran sido suficiente argumento para la dimisión o cese del ministro que impulsó la medida de gracia.

Sin embargo, lo que debería apartar a Ruiz–Gallardón del cetro ministerial (tanto en un país civilizado como en una monarquía bananera) es el hecho de que el Tribunal Supremo decidió ayer anular este indulto.

En el caso de que los gobernantes de este país tengan la intención de detener la espiral de desconfianza que la ciudadanía está construyendo alrededor de las instituciones, deberían aprovechar este momento para desmarcarse de la ignominia, el caciquismo y la caspa que destilan determinadas actuaciones gubernamentales.

 

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