Sáhara Occidental: 40 años de ignominia

9. marzo 2016 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

La penosa situación que soportan a diario los refugiados de los campos saharauis es un espectáculo tan bochornoso como contemplar a las principales democracias del mundo arrodilladas ante el reyezuelo de Marruecos. Hace décadas, EEUU instaló en este país su cabeza de puente para el norte de África. Más recientemente, la Unión Europea ha contratado a Marruecos como guardián exterior para el control de su frontera sudoccidental.

Estas circunstancias aportan a Rabat los bríos necesarios para pisotear impunemente los Derechos Humanos, e incluso, para arremeter contra el secretario general de Naciones Unidas, con motivo de su visita oficial a los campamentos de Tinduf.

Según Mohamed VI y sus secuaces, con esta visita Ban Ki-moon “se apartó de su neutralidad, su objetividad y su imparcialidad, asumiendo abiertamente una indulgencia culpable con un estado fantoche desprovisto de atributos, sin territorio, población ni bandera reconocida”. Seguramente, las carencias culturales son las que llevan a los monaguillos de Mohamed VI a afirmar que la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) es un Estado sin reconocimiento, cuando la realidad indica que ya ha sido reconocido oficialmente por 80 países, entre los que, para vergüenza de ellos mismos, no figuran los EEUU ni los miembros de la UE.

Lo cierto es que hoy Marruecos es un Estado dictatorial, muy del gusto de ciertos “demócratas” españoles que se abren las carnes con la democracia venezolana, pero que callan como perros bien alimentados cuando se trata de denunciar los excesos de la dictadura marroquí. Y cierto es también que ese Estado dictatorial ha ocupado ilegalmente una excolonia española, sin dar a sus habitantes la oportunidad de ejercer el derecho de autodeterminación reconocido por Naciones Unidas para los procesos de descolonización.

Así las cosas, 40 años después de una ocupación ilegal, las democracias europeas tienen ante sí dos posibilidades: luchar en los foros internacionales para que se cumpla la ley, o seguir aplicando al reyezuelo de Marruecos la misma doctrina que el secretario de Estado de EEUU y premio Nobel de la Paz en 1945, Cordell Hull, desplegaba con el dictador nicaragüense Anastasio Somoza, cuando decía aquello de “es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”.

Desde luego, si las democracias siguen mostrándose incapaces de resolver una injusticia de 40 años de edad, otros modelos menos humanitarios y más sectarios y violentos se prestarán a intentarlo. Quizá entonces llegue una nueva guerra local, para mayor gloria económica de unos cuantos sociópatas trajeados.

 

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