¿Sindicalistas desnortados? Ni en tu casa ni en la mía

25. abril 2013 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

CRÓNICA DE ARAGÓN publicaba ayer dos cartas abiertas (ver 1, ver 2) dirigidas al secretario general de CCOO–Aragón, como respuesta a su artículo titulado “¿Escraches? Ni en tu casa ni en la mía”. En él, Julián Buey cuestionaba públicamente los escraches realizados por las víctimas de la estafa inmobiliario–financiera ante las casas de los cargos públicos del Partido Popular.

Según Buey, los escraches no son la mejor fórmula de movilización social por tres razones: porque incluyen al entorno personal y familiar del político, porque denotan debilidad al ser practicados por grupos reducidos de activistas, y porque favorecen que el debate mediático se desvíe hacia el escrache y no hacia la causa que lo ha producido.

La verdad es que el secretario general de CCOO–Aragón no podría estar más equivocado. La única encuesta seria que hasta el momento se ha publicado sobre estas acciones informativas pacíficas (Cadena SER / empresa My word), revela que el 59% de la población las apoya y que la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) es considerada como el colectivo social mejor valorado (75%), por delante de Cáritas (73%) o del 15–M (67%), y a muchísima distancia de los sindicatos (18%). De hecho, y a pesar de que Cándido Méndez afirme que no ve indicios de desprestigio sindical, son los sindicatos los movimientos sociales que reciben un mayor nivel de desaprobación en esta encuesta (53%).

En cuanto a incluir al entorno personal y familiar del político en la acción informativa, Buey parece no tener en cuenta que los casi 400.000 desahucios que se han producido en este país desde el comienzo de la crisis han incluido al entorno personal y familiar de los deudores hipotecarios, algo a lo que no han concedido gran importancia los dirigentes sindicales, los responsables policiales, los gobernantes, los directivos bancarios, o los jueces y fiscales de este país. Niños llorando, abuelas arrastradas por las fuerzas del orden, mujeres con ataques de ansiedad,… han sido y son parte de la “marca España”, por no hablar de los múltiples suicidios inducidos a partes iguales por la penuria económica y por la legislación hipotecaria vigente.

Julián Buey alcanza el colmo del despropósito cuando afirma en su artículo que, al ser estas acciones “llevadas a cabo por un grupo relativamente reducido de personas, en el fondo denotan debilidad y son sustitutivo de acciones con gran respaldo popular” ¿En qué “acciones con gran respaldo popular” está pensando Julián Buey? ¿Quizá en las tres últimas Huelgas Generales semifallidas que ha vivido este país, y que desde luego, no han servido absolutamente para nada? ¿Quizá en las manifestaciones convocadas por UGT y CCOO al margen de las Huelgas Generales, y a las que acuden sólo sus propios liberados sindicales? ¿O quizá al hablar de “acciones con gran respaldo popular” se refiere a las actuaciones sindicales desarrolladas en la mesa del llamado “Diálogo Social”?

Remata su artículo Julián Buey diciendo que el escrache sirve para desviar la atención mediática del verdadero problema, lo que recuerda aquel proverbio que dice que “cuando un sabio señala la luna, el necio se conforma con mirar la punta del dedo”. A pesar de lo afirmado por el secretario general de CCOO–Aragón, las acciones desarrolladas por la PAH o por colectivos como STOP Desahucios han hecho que se visibilizara un drama que permaneció ignorado durante los años 2008, 2009, 2010, 2011 y principios de 2012.

Tal como decíamos en nuestro editorial del 8 de abril (“Personas honestas, neoliberales y Carlos Floriano”), el escrache es la única movilización social que ha conseguido sacar de sus casillas a los parlamentarios neoliberales de este país, así como al coro de palmeros cavernario–mediáticos que adornan a diario sus acciones. Hasta tal punto llega su desesperación que han iniciado una estrategia calumniosa, y posiblemente delictiva, que compara a los activistas antidesahucios unos días con ETA, otros con los nazis, y en ocasiones, con ambos a la vez.

Lo que no han conseguido miles de manifestaciones, concentraciones, acampadas y huelgas, lo están consiguiendo unas personas honestas y pacíficas cuando trasladan hasta las casas de los gobernantes las consecuencias que producen sus medidas de política económica. Los sindicatos mayoritarios deberían aprender de este modelo, aunque sus cúpulas se han deteriorado tanto desde el punto de vista ideológico a lo largo de las últimas décadas, que posiblemente ya han perdido toda capacidad para adquirir conocimientos.

 

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