Telecabina: un fracaso público-privado

6. mayo 2015 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

En este momento, las personas de ideología neoliberal viven empeñadas en defender la “colaboración público-privada” como alternativa al modelo redistributivo del Estado del Bienestar. En éste, el Estado se encarga de sufragar los servicios públicos que considera necesarios, a través de lo recaudado mediante una fiscalidad altamente progresiva. En aquélla, las empresas privadas se dedican a su única finalidad: ganar dinero, por encima de cualquier otra consideración.

El nuevo hospital de Alcañiz, las autopistas radiales de Madrid, o los aeropuertos vacíos que se construyeron en España durante la primera década del siglo, constituyen claros ejemplos de fracaso de la llamada “colaboración público-privada”. El último de estos episodios bochornosos lo estamos viviendo ahora mismo en Zaragoza, con el definitivo desmontaje de la Telecabina de Aramón, en el Recinto Expo.

Muchos cerebros casposos de esta tierra siempre criticaron que esta atracción turística de primer orden iba “de ningún sitio, a ninguna parte”, quizá sin tener en cuenta que la Telecabina Aramón une a la principal Estación Intermodal del valle del Ebro con el parque urbano más grande de la capital aragonesa, aportando durante el trayecto unas vistas excepcionales de la ciudad y del río.

Pero esto nunca fue suficiente para Ibercaja y para el Gobierno de Aragón, propietarios al 50% de la empresa Aramón, únicamente interesados en la rentabilidad económica de la Telecabina (como corresponde a una empresa privada), y totalmente ajenos a sus potencialidades desde el punto de vista turístico, cultural y de ocio (como correspondería a un Estado redistributivo).

No menos bochornosa es la pasividad de la ciudadanía zaragozana, que permite que le arrebaten un regalo que Aramón decía que le había hecho, aunque posteriormente esta empresa público-privada tratara sin éxito de cobrar a plazos el importe de su obsequio.

Tras el breve paréntesis luminoso de 2008, en Zaragoza volvemos a la caspa, a la tradición, a la incultura, a la falta de miras, al sopor, al hermetismo, a la sinrazón, al seguidismo, al caciquismo estructural, y por supuesto, al “miá-pa-qué”.

 

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