Traficantes inversos de inmigrantes

8. marzo 2016 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Si pagar dinero a una organización para que traslade ilegalmente a un grupo de personas hacia un país que los desprecia, es tráfico de inmigrantes, sólo cabe definir como tráfico inverso de inmigrantes la práctica consistente en pagar dinero a un Estado que no respeta los Derechos Humanos para que admita en su territorio a inmigrantes extranjeros después de que éstos hayan sido despreciados por el país rico al que se dirigían.

En su reunión con el primer ministro turco Ahmet Davutoglu, la Unión Europea confirmó ayer su carácter xenófobo y racista cuando los jefes de Estado o de Gobierno de los 28 decidieron contratar al país de Erdogan como gendarme oriental de la Europa rica.

A cambio de facilitar la circulación de ciudadanos turcos por la UE, de agilizar los trámites de ingreso de Turquía en la Unión Europea, y por supuesto, de dinero (3.000 millones de euros, ampliables en otra cantidad similar), el gobierno de Ankara se compromete a hacinar en campos de refugiados a todos los inmigrantes ilegales que le sean devueltos por la Unión.

Poco importa que Turquía sea un país gobernado por islamistas, ajeno a los principios y a las obligaciones derivadas de la legislación internacional en materia de Derechos Humanos, y sospechoso de connivencia con las organizaciones yihadistas que están devastando Siria e Irak.

Salvar Schengen requiere contratar los servicios de un gendarme occidental (Marruecos) y de otro oriental (Turquía) que vigilen las fronteras exteriores de la Unión, sin que importe demasiado los métodos a los que recurran para ello. Esta externalización de la arbitrariedad gubernamental y policial es la clave del propósito comunitario de acabar con la inmigración por decreto.

De hecho, en su infinita soberbia, el Consejo de la UE llega a decir en un apartado de la declaración emitida tras la reunión de ayer que “tenemos que romper la relación entre subir a un barco y la residencia en Europa”. Lo que los 28 no podrán romper jamás es la relación entre la miseria inducida por un sistema económico orientado a la maximización de las desigualdades sociales y territoriales, y el deseo de subir a un barco con la esperanza de alcanzar una mayor calidad de vida.

 

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