Un fascista en la Casa Blanca

9. noviembre 2016 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Las elecciones presidenciales norteamericanas de 2016 han conseguido lo que no logró la segunda guerra mundial: colocar a un fascista en la Casa Blanca. El neoliberalismo globalizado se ha vuelto inestable. Desde principios de siglo están saltando por los aires todos los equilibrios socioeconómicos que durante la segunda mitad del siglo XX maquillaron la insostenibilidad de un modo de producción esencialmente injusto.

Las desigualdades sociales han vuelto a hacerse insoportables en un sistema cuya finalidad consiste en satisfacer las ansias de riqueza de quienes ya poseen fortuna suficiente como para vivir sin trabajar. La globalización capitalista es el paraíso de los grandes inversores internacionales; personas que se limitan a comprar acciones de tal o cual empresa o sector, exigiendo a sus intermediarios financieros que multipliquen sus beneficios a costa de lo que sea.

Y ese “lo que sea” incluye trabajo infantil, explotación laboral, elusión fiscal, deforestaciones masivas, deslocalizaciones industriales, pérdida de derechos sociales y de libertades públicas, desempleo, cambio climático, retroceso educativo, guerra,… Un conjunto de ingredientes que acaban incrementando el descontento social hasta niveles inaceptables.

Es entonces cuando el propio capitalismo en crisis indica el camino electoral por el que debe encauzarse el malestar ciudadano: el populismo de derechas. Ocurrió en las elecciones alemanas de 1933, y ha vuelto a ocurrir en las presidenciales norteamericanas de 2016. Mientras tanto, el sistema reprime cualquier intento democrático de superar el neoliberalismo por la izquierda. Venezuela, Honduras y Grecia pueden dar testimonio de ello.

Donald Trump no sólo es un descerebrado con la jeta suficiente para decirle al pueblo las cosas que el pueblo quiere oír, sino que también es la válvula de escape autorizada para canalizar el malestar social generado por el modelo económico que ha convertido al propio Trump en multimillonario. La falta de conciencia crítica entre la ciudadanía (elemento sustentado sobre décadas de telebasura y de política-espectáculo) es el factor necesario para hacer que la operación funcione.

Con un líder autoritario en el Kremlin, otro en la Casa Blanca, y con la extrema derecha avanzando en la Unión Europea, hablar de Derechos Humanos y libertades fundamentales será herejía dentro de muy pocos años. Seguramente, no habrá energúmenos uniformados levantando el brazo, pero los niveles de represión serán parecidos a los del fascismo clásico. Y todo ello, para que unas cuantas familias de vagos engorden sus fortunas a costa de “lo que sea”.

 

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