Un país que se avengüenza de sus votos

27. junio 2016 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Más allá de las diferentes opciones políticas, las elecciones generales celebradas ayer en España tienen un claro ganador, el continuismo, y un claro perdedor, las empresas demoscópicas. Todos los sondeos electorales, así como la encuesta a pie de urna realizada ayer, pronosticaban un resultado muy diferente al que finalmente sucedió.

Así por ejemplo, en la encuesta de Sigma Dos para las televisiones públicas, la horquilla máxima atribuida al PP era de 121 escaños, cuando en realidad obtuvo 137; mientras que, en línea de lo que se venía anunciando durante toda la campaña, Unidos Podemos superaba ampliamente al PSOE con una horquilla mínima de 91 escaños, frente a la máxima de los socialistas, fijada en 85.

Sin embargo, el mesías de Vallecas debió conformarse con 71 escaños, catorce menos que los obtenidos por el fracasado de Ferraz. Y es que, aunque no haya habido sorpasso, es tan imposible ignorar que el PSOE sigue en caída libre (batiendo en esta ocasión el récord de su peor resultado desde la Transición), como que el matrimonio de conveniencia Podemos-IU ha sido el último y esperpéntico episodio de una estrategia equivocada.

En cualquier caso, y volviendo a la demoscopia, cabe señalar que buena parte de los votantes del PP se avergüenzan de su voto ante los encuestadores. No debe de ser nada fácil mostrarse en público como cómplice de presuntos corruptos, de probados destructores de pruebas, de orgullosos represores de las libertades públicas, de privatizadores soberbios, de vocacionales recortadores la sanidad y la educación, de todos aquellos que utilizan los aparatos del Estado para fabricar juicios mediáticos contra sus rivales políticos, de los que fomentan la explotación laboral, o de quienes han sido amonestados varias veces por la ONU respecto a su actitud ante los Derechos Humanos y la memoria histórica.

La conclusión es que a la población española le gusta que sus políticos le roben, le quiten sus derechos sociales, le cercenen sus libertades públicas, le alarguen los tiempos de espera para conocer qué enfermedad padecen, le exploten en su centro de trabajo, y le digan que mientras ocurre todo eso, el número de ricos ha crecido en España un 40% desde el estallido de la crisis.

Frente a esa realidad, lo que la ciudadanía ha visto durante la pasada campaña no han sido propuestas y programas nacidos de la reflexión y de las necesidades del interés general, sino miedos injustificados, demonizaciones insostenibles, mesianismos infundados, demagogias insoportables, mensajes precocinados, ideologías prêt-à-porter, postureos sofisticados, tacticismos ilimitados y mediocridades infinitas.

Por ello, es posible que el mejor análisis sobre lo que ocurrió ayer en España lo escribiera en 1901 un tal Joaquín Costa en su libro “Oligarquía y caciquismo”: “Yo tengo para mí que eso que complacientemente hemos llamado y seguimos llamando ‘partidos’, no son sino facciones, banderías o parcialidades de carácter marcadamente personal, caricaturas de partidos formadas mecánicamente, a semejanza de aquellas otras que se constituían en la Edad Media y en la corte de los reyes absolutos, sin más fin que la conquista del mando, y en las cuales la reforma política y social no entra de hecho, aunque otra cosa aparente, más que como un accidente, o como un adorno, como insignia para distinguirse o como pretexto para justificar la pluralidad”.

 

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