VergUEnza europea

18. abril 2016 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Hace dos años y medio, el papa Francisco pronunció en Lampedusa una palabra cada vez más utilizada por las personas honestas de todo el mundo para referirse a la actitud de la UE frente a la crisis humanitaria de los refugiados: “vergüenza”. La respuesta de la Unión Europea ante las personas que huyen de la guerra y de la pobreza es siempre la misma: alambradas, gases lacrimógenos, pelotas de goma y promesas incumplidas.

En lugar de irradiar con su ejemplo los valores de la libertad, la democracia, el bienestar y los Derechos Humanos, la Europa del neoliberalismo ha decidido encerrarse en sí misma, generando una creciente animadversión entre quienes se hacinan al otro lado de un muro que, como tantos otros, tarde o temprano acabará cayendo.

El fenómeno no es nuevo. Desde hace décadas, las “leyes del libre mercado” vigentes en Europa occidental se dedicaron a asignar a los inmigrantes los peores trabajos, las peores viviendas y las peores condiciones de vida, dando lugar tiempo después a los actuales guetos de Molenbeek en Bruselas, de Seine-Saint-Denis en París, de Marxloh en Duisburgo, de Rosengard en Malmoe o de Finsbury Park en Londres.

Cuando la discriminación, el aislamiento o incluso el odio son las respuestas de la “gente civilizada” a las diferencias culturales, la semilla de la violencia está sembrada.

Europa, convertida ahora en una fortaleza exsanguinada por las masivas deslocalizaciones industriales hacia los paraísos de la esclavitud, está cometiendo el mismo error en el que cayó hace décadas con los inmigrantes procedentes de los procesos de descolonización. La democracia es superior a la tiranía, la ilustración es superior al dogmatismo y la igualdad social es superior a la pobreza, pero la Unión Europea no parece demasiado dispuesta a demostrar empíricamente estas certezas.

Volviendo al ejemplo del papa Francisco, los números no dejan lugar a dudas. La Ciudad del Vaticano tiene una población de unas 900 personas. El acogimiento de 12 refugiados supone una ratio de un refugiado por cada 75 habitantes. La cifra está muy lejos de la española: un refugiado por cada 2.500.000 habitantes, tras la acogida de 18 demandantes de asilo; o de la prometida por el conjunto de la Unión Europea, tras el infame acuerdo con el régimen turco: 72.000 refugiados acogidos en un territorio habitado por 508 millones de personas, arroja una ratio de un refugiado por cada 7.000 habitantes.

En el otro extremo de la solidaridad, compartiendo rango con la Ciudad del Vaticano, Jordania con un refugiado sirio por cada 10 habitantes, y Líbano, con uno por cada cuatro. VergUEnza europea.

 

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