Victoria ciudadana en la Universidad de Zaragoza

20. septiembre 2013 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

Algunas teorías afirman que la situación del país volverá a los anteriores estándares de bienestar y justicia social cuando el miedo cambie de bando, es decir, cuando en lugar de que los trabajadores teman perder su empleo, los jubilados su pensión, los parados su vivienda o los jóvenes su futuro, sean los gobernantes, los grandes empresarios y los banqueros los que teman perder su tranquilidad.

De ser esto cierto, en Zaragoza se ha comenzado a dar algún paso hacia el bienestar y la justicia social al haberse suspendido el acto institucional de apertura del curso universitario, previsto para el próximo lunes, por miedo a que se convirtiera en escenario para las protestas de estudiantes, profesores y PAS frente a la política educativa y económica del régimen de Rajoy.

La ciudadanía, verdadero sujeto soberano del país según uno de los dos artículos de la Constitución que, en opinión del todavía ministro García–Margallo, son verdaderos y no mera “literatura”, se disponía a dejar claro que las celebraciones versallescas con príncipes y ministros de la Corte, no tienen cabida en un país que arrebata su forma de ganarse la vida a uno de cada dos jóvenes y a más del 25% de la población activa.

Por ello, la supresión de este acto protocolario es un triunfo de todas aquellas personas honestas que ya están cansadas de que las instituciones les pierdan el respeto, les coloquen la formación universitaria en el estante de los productos de lujo, les arrebaten sus derechos inalienables, o les metan la mano en el bolsillo para robarles sus pagas extras, sus pensiones o sus becas.

Sin embargo, en medio de un país que naufraga socialmente, algunos como el delegado del Gobierno en Aragón, Gustavo Alcalde, sólo aciertan a valorar la suspensión del acto de apertura del curso universitario diciendo que “Zaragoza ha perdido la ocasión de ser fachada y portada de la Universidad española”. Al fin y al cabo, siempre ha habido ilusos que, cuando el dedo señala a la luna, se quedan mirando al dedo.

 

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