Xenofobia

5. noviembre 2012 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

El pasado 7 de septiembre alertábamos en este mismo espacio sobre la aparición en nuestro país de una de las principales características del fascismo clásico: la politofobia. En diversos Estados europeos y a lo largo de las últimas semanas, han aparecido indicios de otra: la xenofobia.

Ayer mismo se manifestaban en Moscú varios miles de personas afines a la derecha ultranacionalista rusa para reivindicar que nación y Estado se acoplen por completo, excluyendo de la vida pública a las personas de otras nacionalidades, incluidas aquellas procedentes de las antiguas repúblicas soviéticas con las que los rusos compartían pasaporte hace algo más de dos décadas.

Paralelamente, en Grecia (país golpeado por la tragedia de la ocupación nazi entre 1941 y 1945) el partido neonazi Aurora Dorada no sólo sube en intención de voto, sino que también está ganando la calle con mensajes demagógicos, asistencia social y compromisos populistas.

En la España del 25,02% de parados, comienzan a escucharse voces que dicen que los inmigrantes disfrutan de demasiados derechos, que los que han venido de otros países “nos han quitado el trabajo”, o que los extranjeros en situación administrativa no regularizada tendrían que dejar de ser atendidos por la sanidad pública de nuestro país (petición ésta última convertida en ley por el régimen de Mariano Rajoy).

Tras estas proclamas fáciles de memorizar y de repetir, se oculta una realidad bien distinta. En primer lugar, la inmensa mayoría de los inmigrantes llegados a nuestro país durante las últimas décadas apenas ha disfrutado de derechos, hasta el punto de haberse convertido muchos de ellos en carne de cañón para la explotación laboral. En segundo lugar, tampoco han sido los trabajadores extranjeros los que nos han “quitado el trabajo”, sino muchos de los empresarios españoles a través de sus estrategias de deslocalización de unidades productivas y de automatización de procesos. Por último, la atención sanitaria a inmigrantes no puede considerarse de ningún modo como uno de los factores principales que han contribuido a incrementar el déficit de la sanidad pública, ya que éste ha sido consecuencia –fundamentalmente– de una mala gestión (externalizaciones incluidas) acompañada por una insuficiente presión fiscal sobre las rentas más altas y sobre las sociedades de inversión de capital variable (SICAV) que éstas han formado.

En cualquier caso, la incapacidad de los gobiernos neoliberales europeos a la hora de dar soluciones a una crisis provocada por su propia ideología está haciendo que se reconstruya la barbarie del fascismo en países donde ya se había asentado el Estado del Bienestar como modelo económico sostenible.

Lo peor del ser humano vuelve al primer plano de la actualidad política, mientras los verdaderos culpables de la crisis (es decir, aquellos que decidieron globalizar la economía sin equiparar derechos laborales ni salarios, al tiempo que especulaban con sus capitales invirtiendo en modelos de desarrollo tan cortoplacistas como insostenibles) pasean tranquilamente con sus coches de lujo por las avenidas más glamurosas del planeta.

En la Unión Europea del siglo XXI estamos conviviendo ya con dos de las características principales del fascismo: politofobia y xenofobia. Si no lo evitamos, es posible que en breve veamos aparecer otras como el totalitarismo, el machismo o el caudillismo.

 

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