Bolsas de plástico

22. enero 2010 | Por | Categoria: Cartas al director, Opinión

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Antonio Pérez Gallego (Madrid).- Hace tiempo que observo como las bolsas de plástico que facilitan en los supermercados se han venido haciendo más pequeñas.

 

Tanto como para que algunos artículos no entren con facilidad y lo suficiente para no poder ser reutilizadas en los cubos de basura, ocasionando, al tratar de estirarlas al máximo para cubrir por entero la boca de éstos, su rápido rompimiento; a lo que también contribuye su extrema delgadez (debe ser el signo de los tiempos austeros que atravesamos). Sabemos que debe restringirse su uso por aspectos medioambientales, que en otros países han sido sustituidas por papel, pero lo que aún no sé es por qué las hacen más pequeñas ¿Ahorro de costes? ¿Para inducirnos a comprar bolsas de basura específicas?

 

Hace unos días acudí a la tienda que acostumbro, en la que siempre empleo un tiempo mayor del que en principio he pensado destinar para hacer la compra. Ésta vez fue buscando un paquete de azúcar, además de las veces que estuve ojeando artículos que no necesitaba, algunos de los cuáles, como siempre, terminaron en mi cesta ¿Cómo resistirse a los envites de la mercadotecnia, que escudriña nuestras débiles voluntades de compradores compulsivos?

 

El establecimiento comenzó a rebosar al tiempo que la música atronaba y se hacía insoportable. De modo que obedecí dócilmente la orden que se me encomendaba y me dirigí a una de las cajas para abonar mi factura, no sin antes haberse puesto en prueba mis reflejos y la calidad de mi estructura ósea por la maniobra “in extremis” que uno de los carritos inició súbitamente para cambiar de fila e incorporarse en una nueva que su poseedor creyó más desocupada, aliviando su espera y, por tanto, la optimización de su tiempo y de los recursos disponibles (para que luego no digan los mandamases de las empresas que no seguimos sus postulados).

 

Pagué la cuenta. Una de las botellas había quedado fuera. Fue inmediatamente solucionado por la encantadora y solícita señorita diciendo: “en esta bolsa cabe”.

 

Cogí las bolsas con ambas manos y comencé el regreso a casa cuando, de repente, una de las bolsas, la que contenía las botellas, abrió por el fondo. Un río de tinta negra y de cristales rotos se esparció rápidamente por el suelo, lo que ocasionó el enfado de un cercano transeúnte quién, después de dar un salto de alarma, me dijo mirándome amenazadoramente a los ojos:

 

– Qué passsssa, tío, ¿has dejao la bebida?

 

No sabiendo reaccionar, un impulso incontrolado me indujo a propinar un fuerte puntapié a uno de los vidrios. Ya más calmado, me advirtió:

 

– Este no el sitioooo p´jugar al fúrbol

 

Sin contestarle, ni tan siquiera mirarle y esperando a que se fuese, comencé a reunir, con los pies los trozos de cristal (no los recogí con las manos para no cortarme, al no disponer de guantes, acordándome, entonces, de los guantes de goma que sospechosamente había visto expuestos en oferta en uno de los estantes del mercado) y aproximarlos lentamente y con cuidado a la pared cercana, para evitar accidentes. Fue la maniobra advertida por mi buen amigo, diciéndome socarronamente al tiempo que se alejaba:

 

– Suelta ya la pelota, Maraona, ¡Shupón, queresún shupón!

 

Presa de la risas de los paisanos que me contemplaban, abandoné el lugar tan pronto como pude mientras recordaba el carrito de la compra que me había ofrecido “mi santa” y que lógicamente rechacé por no ser adecuado para quien acostumbra a deambular por aeropuertos internacionales de la mano de las maletas “Castronite”.

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