Bergoglio, el Papa de Lampedusa

8. agosto 2013 | Por | Categoria: Magazine, Opinión

En una reciente homilía pronunciada en la pequeña isla siciliana de Lampedusa, Jorge Mario Bergoglio (conocido como papa Francisco) ha declarado que “la cultura del bienestar nos vuelve insensibles a los gritos de los demás, nos hace vivir en pompas de jabón, que son bellas, pero no son nada, son la ilusión de lo fútil, de lo provisorio…” (http://www.news.va/es/news/la-cultura-del-bienestar-nos-vuelve-insensibles-a).

Recordemos que Lampedusa es ese pedazo de tierra donde desembarcan miles de emigrantes subsaharianos que huyen de la miseria. A ellos se refería el sermón, pero también al reconocimiento del esfuerzo de las organizaciones ciudadanas que con su generosidad se esfuerzan por mitigarlo. Estas recurrentes tragedias en las costas sicilianas, como en otros muchos rincones del mediterráneo como bien sabemos, sirven de argumento a Bergoglio para preguntarse por el sentido de la responsabilidad en un mundo que diagnostica como “globalizado por la indiferencia”. Aunque en el fondo su parábola comparte muchas similitudes con el credo caritativo neoliberal: “no os quejéis, hay otros peores”.

Quemadlos a todos, Dios ya distinguirá a los suyos

En nuestras sociedades, en especial las occidentales y poco a poco en los países llamados “Emergentes”, se han generado unos factores económicos, políticos y culturales que sirven de caldo de cultivo para ese conformismo al que se refiere Bergoglio y que ha acabado por pulverizar la cohesión social. Lejos de responder a causas concretas históricas, para la curia vaticana el origen de ello, como no podía ser menos, es haber pretendido equipararnos a Dios: “el sueño de ser poderosos”. La acusación urbi et orbi es de soberbia.  Es el tradicional tono católico cuyo objetivo es culpabilizar indiscriminadamente sin entrar a más detalles.

Por sus Obras los conoceréis

Bien es cierto que Bergoglio se refiere de manera concreta a los “traficantes” (“esos que explotan la pobreza de los demás”) y también a “aquellos que en el anonimato toman decisiones socio-económicas que abren el camino a dramas como este”. Pero incluye sin rubor en el mismo grado de responsabilidad a todos “nosotros”. Su humildad al incluirse es tan conmovedora como enterarse de las cuentas del Instituto per le Opere di Religione (IOR). El Banco Vaticano acaba de hacer públicas las de 2012, con un beneficio de 86,6 millones de euros frente a 20,3 millones en 2011 (https://www.ior.va/Portals/0/Content/Media/Documents/Agosto%202013_IOR_Fact%20Sheet_Italiano.pdf). Cuatro veces más. El milagro de los panes y los peces versión financiera.

Traficantes… empresarios, políticos, banqueros, hombres de negro…

En una hipotética contra homilía le recordaríamos a Bergoglio que en esa responsabilidad hay nombres y apellidos concretos, no decisores “anónimos”. No se trata de irse a los extremos, a los delincuentes y “traficantes”. Hay culpables en palco Vip y escaño presidencial en gobiernos, ministerios y juntas de accionistas de grandes corporaciones; y que, en definitiva, no se trata sólo de personas aisladas (¡él que tanto recrimina al individualismo!) sino de todo un sistema económico responsable de la explotación humana y de la consecuente degeneración de valores.

¿De qué “bienestar” nos habla?

En esa contra homilía, le pediría también al ciudadano del mundo Bergoglio que nos aclarara qué entiende por “cultura del bienestar” y en particular si se refiere a ese conformismo generado por la sociedad de consumo capitalista, o a ese otro “bienestar” comúnmente entendido como un conjunto de demandas socialmente exigible y dirigidas a fomentar el desarrollo y la dignidad de una colectividad humana. ¿En cuál de ambos “bienestares” se basa para culpabilizarnos a todos y todas?

Respecto a la primera definición de “bienestar”, lo que históricamente le ha irritado a la jerarquía  católica es que el rebaño haya tomado la cañada hacia otro tipo de aborregamiento. Que del redil de la Iglesia se haya pasado a esa “magnífica cosecha de calaveras”, como decía Labordeta, que es un estadio de fútbol, un centro comercial o unos espectadores amelonados en torno a un televisor. Es la pérdida de poder e influencia lo que en el fondo lamenta. Bastantes pruebas ha dado la Iglesia vaticana, y patria, de la querencia por los espectáculos de masas en un intento espectacular por mantener los privilegios de su modelo de alienación.

El Vaticano, portavoz del conservadurismo neoliberal

De darle la segunda noción al concepto de “cultura del bienestar”, Bergoglio no estaría sino reproduciendo la tesis conservadora que a mediados de los años 80 lanzaron ideólogos y políticos de la derecha, sobre todo en Gran Bretaña y Estados Unidos, sobre el efecto insolidario que provoca el “estado de bienestar” al reducir la responsabilidad ciudadana. Esta estratagema, como nos recuerda el profesor Ricard Zapata, sostiene que: “los derechos sociales promueven la pasividad entre sus beneficiarios sin mejorar realmente sus expectativas de vida, y, más grave aún, según el credo conservador, creando una cultura de dependencia del Estado en contra de la autonomía individual de la ciudadanía.” (Revista de Estudios Políticos página 152 Núm. 94. Octubre-Diciembre 1996) Vinagre puro.

Para la Iglesia católica y quienes la representan, el “estado de malestar” parece ser la condición previa imprescindible para la redención del ser humano. Aquello de “Otro mundo es posible” adquiere entonces un significado distinto, con olor a incienso y humedades barrocas. Y es que si no las pasas canutas, no entras por el ojo de una aguja.

El Quinto Jinete: el capitalismo

Pero que no se preocupe Bergoglio. La plaga del neoliberalismo está devorando a velocidades bíblicas lo que los seres humanos, en su “soberbia”, han cultivado con tanto sacrificio para lograr una sociedad y una vida humana digna, al menos en algunos lugares. Precisamente el discurso xenófobo e insolidario viene siempre precedido por ese otro discurso conservador sobre la “falta de responsabilidad ciudadana” con el que se pretende justificar la liquidación de los derechos sociales.

Quedan otros muchos espacios donde construir, y cada vez más reconstruir, ese modelo de convivencia regido por los principios de dignidad humana y solidaridad. No parece que el modelo importado de Bangladesh o China responda al “bienestar” exigible socialmente. Quizá porque tal concepto es equívoco y perverso. El término adecuado es el de “justicia”. Pero claro, para Bergoglio, la justicia que predica no es de este mundo. Basta con rezar, apiadarse o “llorar”, como pedía en Lampedusa. Pero llorando como Boabdil, que hoy también tendría que emigrar, sólo conseguiremos aquello que dijo el personaje de Giuseppe Tomasi di Lampedusa: “que todo cambie para que siga igual”. Es la resignación cristiana claro: para el capitalismo ¡bendita y alabada tú seas entre todas las ideologías!

Pronto las langostas del capitalismo harán de cada puerto un apeadero para la miseria. Y por fin, en una “justicia” ecuménica, la “mano anónima” del Mercado nos dividirá entre aquellos que pediremos simplemente caridad y aquellos otros que se ganarán el cielo poniendo un pobre a su mesa. ¿Quién necesita un Concilio de Trento teniendo al FMI?

Foto: Peter Potrowl

 

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