Huelga, trabajo y consumo: propuesta para el debate y la acción (II)

17. enero 2013 | Por | Categoria: Economía, Magazine

En el artículo anterior proponía una reflexión sobre el papel del sindicalismo en un contexto que les ha obligado a compartir espacio con otros movimientos sociales. A propósito de la “Cumbre social” ponía de manifiesto que esa pérdida de protagonismo no puede compensarse sin más con una mera agregación de organizaciones de diversa procedencia. Es necesario profundizar sobre las fuerzas, fundamentos e intereses que se pretende agrupar. En la aritmética social no toda suma de factores ofrece el mismo resultado.

Esta propuesta se centraba en particular en la relación entre los factores Trabajo y Consumo y los consumidores, como potencial agente social. En una valoración previa llegaba a la conclusión de que el consumidor es el peor enemigo de los trabajadores. Si en una dimensión puramente mercantil parecen ir de la mano (más consumo/más trabajo) en la retórica social, precisamente por esa simetría económica, esta ecuación no es exacta. Desentrañar estas contradicciones quizá nos permita reorientar ambos factores económicos y percibir así la dimensión de los cambios necesarios y el alcance de las fuerzas que debemos poner en juego.

La función política de consumir

El Consumo ha superado aquella función básica de servir a la mera reproducción de la fuerza de trabajo. Ha mutado en un factor autónomo, independiente de las necesidades reales de la sociedad. Lo esencial es generar demanda, producir nuevas necesidades y colonizar para ello si es preciso nuevos espacios vitales. Este salto cualitativo del significado social del consumo ha traído consigo consecuencias que trascienden la pura cuestión económica.

Si analizamos la estructura de gasto de las familias observamos que la sociedad española es una sociedad de consumo madura. El gasto de lo hogares en “alimentos, bebidas, tabaco” ha descendido desde un 43,2% del consumo total en 1965 al 17,4% en 2006. Mientras que en “Ocio y cultura” el gasto ha crecido desde el 3,6% en 1965 a 9,4% en 2006 (Informe mensual La Caixa abril 2008, página 58). La posibilidad creciente de acceder al ocio parece certificar el pase a la Champions League de la clase trabajadora. Un punto final feliz de la Historia.

Pero esta satisfacción personal ha redundado en la privatización de nuestra vida y en una pérdida de poder como colectividad. Nunca dispusimos como trabajadores de más tiempo para ejercer como ciudadanos. A fin de cuentas ese es el objetivo, no tolerar quedarnos al margen de las decisiones políticas. Sin embargo, la colonización del mercado nos ha transformado. En el trayecto de trabajadores a consumidores vendimos nuestra alma. Quien esté libre de pecado que tire la primera Blackberry.

Una ilusión individualista de prosperidad

En segundo lugar, el salto cualitativo hacia del consumo ha devenido en una mayor competitividad por apropiarse de símbolos con los que distinguirse socialmente, creando la falsa ilusión de que el mercado es la única respuesta posible para mejorar de clase social que sólo se entiende como una cuestión personal basada en la competición. Si el sueldo es insuficiente, no se preocupe: haga horas extras o, mejor aún, ¡solicite un crédito! Eso sí, cuídese mucho de protestar en el trabajo, sólo o en compañía de otros. Es así como el trabajador accede a la nueva categoría difusa de consumidor y crea su antagonista.

La función simbólica que adquiere el consumo en la sociedad es una trampa desmovilizadora para los trabajadores que impide ver que un acceso a más bienes a través del mercado no supone una mejora de la posición social, sino acceder a un falso bienestar. La peligrosa identificación de los trabajadores (debidamente manufacturados como “consumidores”) con este ideal sirve de base al actual modo de hegemonía política y económica. La sociedad de consumo es una manifestación de jerarquización social.

Consumir a destajo también es una decisión política

Es necesario dejar claro que esto no se deriva exclusivamente de un mero comportamiento orgiástico en masa, una infantil pretensión de “vivir por encima de nuestras posibilidades”. Es una situación creada deliberadamente por decisiones políticas arrastradas por la necesidad de buscar perpetuamente “nichos de mercado”.  Esto genera lo que se denomina “consumo defensivo”: cuando el acto de consumir no produce una satisfacción añadida sino que se hace como reacción para compensar un deterioro en nuestro bienestar social. Pensemos en el gasto que debemos hacer en seguros médicos privados porque una determinada prestación sanitaria ha dejado de estar cubierta públicamente.

Este “consumo defensivo” tiene su reflejo gráfico en la composición del consumo de los hogares. Los gastos en “Educación” de las familias apenas han descendido: de un porcentaje del 1,8% en 1965 a un 1,5%. Y en algunos casos han aumentado,  como “Salud” de un 3,2% en 1965 a 3,6% en 2006, y especialmente “Vivienda”, que de un 16,1% en 1965 ha pasado al 17,5% en 2006. ¿Dónde ha estado la política pública de vivienda en todos estos años? Lógicamente al servicio de la cuenta de resultados de las grandes inmobiliarias y entidades financieras. No todo consumo es consumo disoluto, pero sí para la explotación y la disciplina social.

Tres propuestas de reflexión

Primera. En esa generación perpetua de demanda hay una contradicción esencial. Expandir la producción tiene como hemos visto la necesidad de generar un consumo que, política y económicamente, nos empobrece como trabajadores. Y sin embargo, parece esencial que exista. No hay trabajo masivo sin consumo en masa, y viceversa. ¿Queremos volver a este modelo? ¿Cuáles son sus límites y alternativas?

Segunda. La privatización pretende poner en manos del “consumidor” la decisión de cómo distribuir la protección social, bajo el falso argumento de la “libre elección” del individuo. Si los trabajadores generamos la riqueza social, ¿no deberíamos decidir como trabajadores (y no como consumidores) lo que se produce y cómo se produce?

Y tercera. No hay sujeto detrás de la noción de consumidor. O al menos no un sujeto soberano como trata de vendernos la literatura liberal. Ni decidimos qué se consume ni cómo. El consumidor es una mera función. Un espacio en blanco que lo mismo sirve para evaluar el pulso económico a través de su confianza, que para justificar por qué no se debe hacer huelga. Es un sujeto sin alma. A partir de este hecho ¿es posible construir un verdadero agente social? En una sociedad que camina hacia una política privatizadora de tierra quemada ¿pueden los consumidores ser una fuerza activa que frene o module el incendio, como en su día fue el movimiento obrero?

Dejo para el tercer artículo final el análisis sobre el papel y retos de los consumidores como posible fuerza social emergente.

Foto: archivo cronicadearagon.es

 

Tags: , , , , ,

Comentarios cerrados