Poder y legitimidad

25. febrero 2011 | Por | Categoria: Editorial, Opinión

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Las recientes celebraciones por el triunfo de la democracia sobre el 23–F han traído a la memoria colectiva la figura del principal artífice de la transición: Adolfo Suárez. Si hoy se realizara una encuesta sobre quién es considerado el mejor presidente del Gobierno de la historia de España, seguramente Suárez sería el más valorado.

 

Sus méritos no sólo tienen que ver con la forma en la que alcanzó el cargo, o con las dificultades por las que atravesó durante el ejercicio del mismo, sino también con la manera en que abandonó el cargo, al sentir que algunos miembros de su equipo le habían vuelto la espalda.

 

Una actitud que contrasta poderosamente con la mayoría de los actuales miembros de la clase política, dispuestos a aferrarse al cargo como sea, aunque la sombra de la duda se extienda sobre la gestión realizada, y a pesar de que el apoyo de sus compañeros de dirección provenga más de presiones bastardas que del sincero convencimiento sobre la idoneidad de las personas.

 

En este sentido, el imputado Francisco Camps consiguió ayer de Génova no sólo su designación como candidato del PP a la presidencia de la Comunidad Valenciana, sino también que Rajoy uniera su futuro político al desenlace judicial del caso Gürtel.

 

El pasado sábado, la ministra Leyre Pajín bendecía con su presencia la designación del tránsfuga Agustín Navarro como candidato socialista a la alcaldía de Benidorm, pisoteando así el ya suficientemente pisoteado Pacto Antitransfuguismo.

 

Paralelamente, en otras latitudes el primer ministro italiano Silvio Berlusconi intenta retorcer desde hace años todos los resortes institucionales a su alcance, con el único fin de blindarse frente a los juicios que tiene pendientes por algunas de sus actividades públicas y privadas.

 

En la Antigua Roma, solían distinguir entre los conceptos de potestas y de auctoritas. La primera se refería al simple ejercicio del poder por parte de aquellas instituciones con capacidad legal para hacer cumplir sus decisiones. La segunda se refiere a la legitimación social de la que disfrutan aquellas personas e instituciones que han acumulado suficiente prestigio como para emitir juicios y opiniones socialmente aceptadas y moralmente respetadas.

 

En estos momentos, podríamos asimilar en cierta medida los conceptos de potestas y de auctoritas con los de poder y legitimidad. Cuando ambos coinciden en la misma persona (como en el caso del ex presidente Adolfo Suárez), suelen escribirse las páginas más brillantes de la historia de una democracia. Sin embargo, lo habitual ahora es que los políticos sufran un exceso de potestas y un alarmante defecto de auctoritas.

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